Pocas organizaciones sienten que se comunican demasiado bien.
Cuando algo falla aparecen rápidamente frases conocidas: “Tenemos que comunicar mejor.” “La gente no está entendiendo.” “Hay que reforzar el mensaje.”
Entonces llegan más correos. Más reuniones. Más presentaciones. Más grupos de WhatsApp. Más mensajes. Y, sorprendentemente, la confusión continúa.
Porque muchas organizaciones no tienen un problema de cantidad de comunicación. Tienen un problema de claridad.
Informar no es comunicar
Puedes enviar un correo a 500 personas y no haber conseguido que ninguna comprenda qué esperas que haga diferente. Puedes tener una reunión de dos horas y terminar con diez interpretaciones distintas sobre lo acordado. Puedes repetir una estrategia durante meses y tener personas que todavía no saben cómo afecta su trabajo.
La comunicación no debería medirse solamente por lo que fue enviado. Debería medirse por lo que fue entendido y convertido en acción.
¿Qué necesita saber realmente una persona?
Cuando comunicamos un cambio, una prioridad o una decisión, existen al menos cinco preguntas que deberían quedar respondidas:
- ¿Qué está pasando?
- ¿Por qué importa?
- ¿Qué significa para mí o para mi equipo?
- ¿Qué esperas que haga?
- ¿Qué ocurrirá después?
Cuando alguna queda abierta, las personas hacen algo completamente natural: llenan los espacios con sus propias interpretaciones. Y ahí comienzan rumores, resistencia, retrabajo y decisiones inconsistentes.
La conversación que no tenemos también comunica
Existe otra dimensión más incómoda. A veces sabemos exactamente qué conversación hace falta. Un desempeño que debemos abordar. Una expectativa que no se está cumpliendo. Un comportamiento que afecta al equipo. Una decisión que necesita explicarse.
Y la posponemos. Esperamos. Suavizamos tanto el mensaje que termina perdiendo significado.
En esos casos, el problema tampoco es comunicación. Es liderazgo. Porque comunicar con claridad también implica tener conversaciones que preferiríamos evitar.
Claridad no significa dureza
Existe la idea de que para cuidar una relación debemos suavizar ciertos mensajes. Y podemos terminar haciendo exactamente lo contrario. Cuando una persona no sabe realmente dónde está parada, qué necesita mejorar o qué se espera de ella, le quitamos la posibilidad de actuar.
La claridad puede ser respetuosa. Puede tener empatía. Puede escuchar. Y debe permitir que, al terminar la conversación, ambas partes sepan qué significa lo hablado.
Una prueba sencilla
Después de tu próxima reunión importante, no preguntes: “¿Está claro?” Casi todos responderán que sí.
Pregunta:
- ¿Con qué te vas de esta conversación?
- ¿Qué vas a hacer diferente?
- ¿Cuál es el próximo paso y cuándo ocurrirá?
Las respuestas te mostrarán si realmente hubo comunicación.
Menos mensajes. Mejores conversaciones.
Las organizaciones no necesitan necesariamente más canales. Necesitan líderes capaces de dar contexto, escuchar, simplificar, confirmar entendimiento y sostener conversaciones difíciles cuando sea necesario.
Porque comunicar no es conseguir que alguien escuche lo que dijiste. Es crear suficiente claridad para que las personas sepan qué hacer con ello. Y cuando una organización mejora sus conversaciones, muchas otras cosas comienzan a mejorar con ellas.
¿En tu organización falta comunicación... o sobran mensajes y falta claridad?
Transformo el liderazgo para transformar organizaciones.
Michelle Campillo
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